viernes, diciembre 25, 2009

¿Es que Dios está dormido?

Si han estado visitando esta casa de ustedes por un rato, ya habrán visto el año pasado que dejé una canción programada para Navidad, y que no es precisamente un villancico clásico. Este año, para no quedarnos atrás, les tengo algo también muy bonito, que, aunque no tenga mucho que ver con las fiestas, sí con el sentimiento que a veces lo invade a uno cuando se acerca este día y también el fin de año... la depresión común de la que les platicaba cuando se acabó la Feria del Libro.

Mi amiga C., del blog Realm of Random Ramblings (les recomiendo que lo visiten, si son chavas, para tips de peinado y maquillaje muy buenos; y, si son humanos, para los estupendos tutoriales de cocina) me permitió muy amablemente poner el siguiente video donde ella canta la canción preferida de su abuelita en su fiesta de cumpleaños, Natutulog Ba Ang Diyos?, de Gary Valenciano.

La canción está en tagalo, la preciosa lengua de Filipinas donde se alcanzan a oír ecos de español e inglés. C. hizo una traducción al inglés, y de ahí una servidora la pasó a español. Espero que la disfruten y que, como a mí, les llene de esperanza el corazón, y que tengan todos una muy, muy feliz Navidad.



Letra original:

Natutulog Ba Ang Diyos?

Bakit kaya, bakit ka ba naghihintay
Na himukin pa, pilitin pa ng tadhana
Alam mo na kung bakit nagkakaganyan
Lumulutang, nasasayang and buhay mo
At ang ibinubulong ng iyong puso
Natutulog ba ang Diyos, natutulog ba?

At ikay ay kaagad sumusuko
Konting hirap at munting pagsubok lamang
Bakit ganyan, nasaan and iyong tapang
Naduduwag, nawawalan ng pag-asa
At iniisip na natutulog pa, natutulog pa ang Diyos
Natutulog ba?

Chorus:
Sikapin mo, pilitin mo, tibayan ang iyong puso
Tanging ikaw and huhubog sa iyong bukas
Huwag sanang akalaing natutulog pa ang Diyos
Ang buhay mo ay mayroong halaga sa Kanya.

Dapat nga ba na ikaw ay maghintay
At himukin pa, pilitin pa ng tadhana
Gawin mo na, kung ano ang nararapat
Magsikap ka at magtiwala sa Maykapal
Nakahanda ang Diyos umalalay sa 'yo
Hinihintay ka lang, kaibigan.

Traducción al español:

¿Es que Dios está dormido?

¿Por qué será, por qué esperas
a que te persuadan, a que el destino te obligue?
Ya sabes por qué.
Te sientes a la deriva, que tu vida se desperdicia
Y tu corazón susurra
¿Es que Dios está dormido? ¿Está dormido?

Y de inmediato te rindes
ante a unas cuantas dificultades, unas pocas pruebas
¿Por qué lo haces? ¿Dónde quedó tu valor?
¿Te sientes cobarde, pierdes la esperanza
y piensas que Él está dormido, que Dios está dormido?
¿Está dormido?

Coro:
Tienes que luchar, que darle fuerzas a tu corazón
Sólo tú puedes formar tu futuro
Y no pienses que Dios está dormido
Pues para Él tu vida tiene valor.

¿No será que prefieres esperar
a que te persuadan, a que te obligue el destino?
Haz lo que tienes que hacer.
Lucha y cree en el Todopoderoso.
Dios está ahí para ayudarte,
Y únicamente, amigo mío, te está esperando.

sábado, diciembre 19, 2009

Al pan, pan; al vino, vino; ¿y a la ciencia ficción...?

El mes de abril pasado falleció J.G. Ballard, un autor de ciencia ficción al que, si no conocemos mucho del género, seguro recordaremos por su novela autobiográfica El imperio del sol, llevada a la pantalla con un jovencísimo Christian Bale en el papel protagónico. A lo terrible de la pérdida, se añadió algo que dijo de él su editor. Ursula LeGuin escribió un artículo al respecto, Calling Utopia a utopia; mi amigo Vic (nunca te pude agradecer como es debido, pero lo hago ahora. ¡Muchos abrazos!) me pasó el link en el sitio de la autora. Helo aquí, y puesto que la autora dio permiso expreso para que se reprodujera en cualquier lado, lo mismo digo; utilícenlo y pónganlo donde gusten, siempre y cuando le den crédito a la señora LeGuin.

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Decir que Utopía es una utopía

Por Ursula K. LeGuin

Traducido por: Yours Truly

Cuando Bruce Weber escribió en el New York Times sobre la muerte de J.G. Ballard (el 21 de abril de 2009), habló con Robert Weil, el editor norteamericano de Ballard en Norton. Lo que el señor Weil dijo de Ballard fue: “Su estilo imaginativo hizo que la gente considerara su trabajo como ciencia ficción. Pero eso es como decir que Un mundo feliz, o 1984, fueran ciencia ficción”.

Cada vez que leo esa frase me sugiere más analogías:

“Pero es como decir que Don Quijote fuera una novela”.
“Pero es como decir que El Señor de los Anillos fuera fantasía”.
“Pero es como decir que Utopía fuera una utopía”...

Es sorprendente darse cuenta que un empresario de la casa editorial que tuviera la inteligencia de publicar a Ballard (y también el Norton Book of Science Fiction) pueda ser tan ignorante sobre lo que escribía él, o tan carente de información sobre la naturaleza y la historia del género de la ciencia ficción, o tan poco consciente de la naturaleza de la literatura desde la década de los ochenta; que piense (¡a estas alturas, en 2009!) que el decir que un autor escribía ciencia ficción es difamar o degradar su trabajo.

Definir la ciencia ficción como una categoría puramente comercial de la ficción, de pésima calidad inherente, y que no tiene nada que ver con la literatura, es meterse en dificultades. Implica al mismo tiempo negar que cualquier obra de ciencia ficción pueda tener méritos literarios, y sostener que cualquier libro de méritos literarios que utilice formas de ciencia ficción (como Un mundo feliz, o 1984, o El cuento de la criada, o la mayor parte del trabajo de J.G. Ballard) no es ciencia ficción. Esto de definir-por-negar lo lleva a uno a sorprendentes malabares mentales. Por ejemplo, uno debe insistir que ciertas obras de dudoso valor literario que utilizan recursos familiares cienciaficcioneros como la historia alternativa, o argumentos de ciencia ficción bastante sobados como Hombres-que-cruzan-el-continente-tras-el-holocausto y que por cualquier ángulo se pueden definir como ciencia ficción, no lo son... porque sus autores están reconocidos como literarios, y por definición los autores literarios son incapaces de cometer ciencia ficción.

Vaya, para eso sí que hace falta ingenio.

Si el señor Weil le reconoce a las historias de H.G. Wells cualquier clase de calidad o prestigio literarios, tendría que declarar que Los primeros hombres en la luna y La máquina del tiempo no son ciencia ficción... y apelar, supongo, a su “estilo imaginativo”.

Puesto que sabía que esas historias eran diferentes en ciertos sentidos a otras obras de ficción, y con su mente y conocimiento científicos, el mismo H.G. Wells buscaba una clasificación para ellas. Terminó llamándolas “novelas científicas”. Todavía no se había inventado y adoptado la frase “ciencia ficción”.

Hasta quisiera que nunca se hubiera hecho, cuando leo disparates como el del señor Weil.

Pero “ciencia ficción” es el término con el que nos acabamos quedando. Y, en cualquier definición razonable, es una categoría literaria aceptada, útil y adecuada para obras de la literatura como Un mundo feliz, 1984, El hombre en el castillo, El cuento de la criada, El sindicato de policía yiddish, y todas las historias y novelas más importantes de J.G. Ballard.

Los editores, críticos y otros que lo usan no como clasificación sino como opinión negativa están equivocados. Y hacen mal. Son terriblemente injustos tanto con la ciencia ficción de valor literario que no quieren aceptar como literatura, como con la ciencia ficción de valor literario que no quieren aceptar como ciencia ficción. El señor Weil le debe a Aldous Huxley, y a George Orwell, y a su propio autor, J.G. Ballard, una disculpa más allá de la tumba.

viernes, diciembre 18, 2009

Reseña de película: Nikté

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Nikté

Director: Ricardo Arnaiz

Intérpretes: Sherlyn, Pierre Angelo, Eduardo Manzano, Regina Orozco, Regina Torné, Mauricio Roldán, Pedro Armendáriz, Ro Velázquez, Humberto Moreno, Alex Lora, Jorge Arvizu "el Tata", Maya Zapata.

Lo bueno: Los paisajes, la música (¡pero no todas las canciones!), algunos momentos brillantes de la animación, Regina Orozco, Alex Lora, Pierre Angelo.

Lo malo: El guión, algunos momentos no tan brillantes de la animación, Sherlyn, Pedro Armendáriz, la dirección de voces en general.

El berrinche personal: Mmmmm... un complejo lingüístico pero a una servidora le sigue molestando un poco que los nombres de los personajes sean chistes intraducibles.

Calificación: ***

Si les cuento cómo comienza la película me van a adivinar el final. Bueno... mejor centrémonos en el argumento. La historia ocurre en Tabasco, en un pueblo olmeca (una cultura de la que sabemos muy, pero muy poco), unos mil años antes de Cristo. Nikté (Sherlyn) es una niña huérfana, adoptada por una familia pobre pero generosa; con todo, tiene poco que agradecer y se la pasa lamentándose de su suerte. Su mayor deseo es convertirse en princesa y rodearse de lujos y comodidades, y encuentra una oportunidad perfecta cuando descubre unos glifos con una profecía de, precisamente, una princesa venida de las estrellas que salvará a su pueblo. Nikté, con su amiguito Paal (Mauricio Roldán) como cómplice, elabora un plan para hacerse pasar por la elegida de la profecía, y aunque las cosas se le pintan bien en un principio, pronto se dará cuenta de que la parte de “salvar a su pueblo” tiene un lado bastante horrible.

En compañía de Chin (Pierre Angelo), un chaneque expulsado (involuntariamente) por los suyos, Nikté emprenderá un viaje de autodescubrimiento en medio de gigantescos hoyos en la trama, escenas de acción gratuita, Deus ex machina, y, gracias a ídem, personajes muy simpáticos como Ih Aesu (Regina Orozco), una ermitaña sabia y demente, y los sacerdotes Kan y Kun (ambos interpretados por Eduardo Manzano, con toda justicia llamado El polivoz). Por desgracia, también la seguirán de cerca los malos, más planos que una tortilla mexicana, como el rey K'as (Pedro Armendáriz), que quiere apoderarse del mundo conocido por algún motivo desconocido, y Xtabay (Maya Zapata), una especie de espíritu que le está ayudando quién sabe por qué.

Nikté poco a poco... perdón, de un momento a otro, rectificará sus errores, y recibirá una lección de vida que la hará cambiar de actitud (de lo cual nos hubiéramos dado cuenta más fácilmente si la actriz en el rol principal le hubiera echado más ganas).


Por el aspecto técnico, uno no puede sino quedarse con la boca abierta con los preciosos paisajes que le dan fondo a la película; la animación está bien hecha, aunque no carente de defectos (y se alcanza a notar que el trabajo se hizo en varios estudios; los cambios de estilo y los errores ocasionales no dejan lugar a dudas). Hay algunas secuencias hechas por computadora, pero la mezcla con el 2D original es mucho más bonita y fluída que lo que se ve, por ejemplo, en Dragonlance y similares. El soundtrack es muy lindo, aunque a una servidora le siguen sacando ronchas las canciones metidas a la fuerza (pero eso es ya desde las mejores épocas de Disney). Ahora, como dijera Macduff en Macbeth de Shakespeare, all these are portable,
with other graces weigh'd (todo esto se puede tolerar si lleva conjunto otras virtudes). Pero, ¿qué es lo que impide que Nikté sea una película realmente novedosa, una verdadera joya? Lástima: los problemas son de fondo, y nada tienen que ver con el atractivo exterior.

El primero, sí, es el guión. Con todo y de que se parte de una excelente premisa, una buena historia y buenos personajes, la trama pierde pronto el sentido del ritmo y se transforma en un soberano despapaye. Lo más doloroso es darse cuenta de que la película estaría mejor si se le cortaran algunas escenas que de seguro se hicieron con mucho trabajo y cuidado. ¡La edición tardía no debería meterse en películas animadas! En lugar de un muy necesario desarrollo de personajes, la movie prefiere profundizar en chistes, bromitas privadas y públicas y escenas de acción muy vistosas y bien realizadas pero que la verdad no aportan nada.

El segundo es esa desagradable costumbrita que al parecer heredamos de los gringos: el poner en el doblaje voces famosas en lugar de gente menos conocida pero que de veras sepa cómo hacer el trabajo. Hay, eso sí, deliciosas interpretaciones de novatos en el asunto, como Regina Orozco y Pierre Angelo; a Alex Lora le quedó muy bien su personaje de Chamán Chaneque, pero no estaba actuando, creo... o en todo caso ha estado representando el mismo papel los últimos cincuenta años; a Mauricio Roldán, aunque jovencito, lo pondría entre los experimentados.

Pero es una verdadera pena que no pueda decir lo mismo de Sherlyn, la actriz que lleva el papel principal, ni de Pedro Armendáriz, un actor con muchísima trayectoria que de hecho tiene una voz muy padre. Pero más que dejar que ambos (y que muchos de los que hicieron roles secundarios y tampoco cantaron bien las rancheras por así decirlo) carguen con toda la culpa, quisiera que recibiera las piedras que merece el director de voces, quienquiera que sea (los créditos de la película pasaron muy rápido); se nota que hizo su trabajo a las prisas y al estilo Ed Wood, es decir, en una sola toma; al mismísimo Polivoz Manzano se le va un poco la vocalización, y ya para que no se hayan detenido a corregir cuando el villano de Armendáriz dice: “La próxima vez que REGRESÉ a la ciudad...”.


Con todo lo anterior, ¿Nikté es una película que merezca verse? Definitivamente, sí. Las tres estrellas que le pongo no son ningún favor, sino lo que pienso sinceramente (léase a lo que equivale en calificación: “bueno si se le tiene paciencia”; y en este caso va en serio: muuuuuuuucha paciencia). No tanto por lo que es en sí, sino por lo que representa: un posible regreso de nuestro país a la animación, un medio en el que hace mucho tiempo fuimos maquiladores de calidad y también creadores, y que dejamos perecer por pura falta de dinero. Pero ojalá que lo hagamos por el camino adecuado: no es la forma lo importante, sino el fondo (tsk, tsk... hacerlo con buenos guiones por encima de todo, y cuidar las actuaciones en el doblaje).

Recomendaciones: Por favor, vean Nikté. De preferencia este fin de semana, y lleven a sus hijos, hermanitos, nietos, sobrinos, etc. menores de diez años, porque seguro se la pasarán mejor que ustedes. Muéstrenle su apoyo a los animadores mexicanos y filipinos que pusieron la mano de obra en ella, pero al mismo tiempo háganle sentir a Ricardo Arnaiz, a sus productores y escritores, que su trabajo dista mucho, pero MUCHO, de estar terminado.

Abstenerse: Si no tienen corazón de pollo, o si andan cortos de dinero para Navidad. Pero en este último caso tampoco vayan a ver La princesa y el sapo, ¿eh?

jueves, diciembre 17, 2009

Los escritores de ciencia ficción en FIL 2009

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De izquierda a derecha: Larry Niven, Gregory Benford y Kim Stanley Robinson, en la Feria del Libro de Guadalajara, 2009. Foto cortesía del Capitán.

El jueves 3 de diciembre se llevó a cabo en la Feria del Libro una de de las actividades más interesantes y placenteras a las que me tocara asistir: primero, en el Café Literario (un salón pequeñito al lado del pabellón principal de Expo Guadalajara), una mesa de escritores de ciencia ficción, donde estuvieron Larry Niven, Kim Stanley Robinson y Gregory Benford; un par de horas después, en uno de los salones de conferencias, se les unió para una conferencia Mark Z. Danielewski, un escritor que, qué vergüenza para una servidora y acompañantes, no conocíamos hasta entonces.

Yo no soy lectora de ciencia ficción; de eso, supongo, ya nos habremos dado cuenta; a pesar de que ya conocía a los escritores en el Café Literario, al único que realmente había leído era a Larry Niven, y eso hace muchísimo tiempo. Pero fue al mismo tiempo extraño y maravilloso (como cuando lo de Ray Bradbury, supongo) el darme cuenta de cualquier cosa que me hubiera imaginado de este autor por allá en los ochenta era... bueno, se sentía diferente. Larry Niven se sentía como un abuelito, amable, tranquilo, extremadamente lindo, un escritor de ciencia ficción que no desprecia el género fantástico ni los comics, porque ha andado metido en todo. Kim Stanley Robinson... bueno, me lo imaginaba como un tipo de playera punketa o algo así, y resultó ser un señor flaquito, mucho muy serio, de traje y lentes. Gregory Benford, el más académico de todos, fue tal vez el único que respondiera a mis imágenes mentales... y eso a medias. Decidí aventarme ambas conferencias sin el servicio de interpretación simultánea, pero debido a mi poco conocimiento del género y mi casi nula relación con las ciencias exactas (al menos los dos últimos autores mencionados hacen ciencia ficción dura) tuve miedo de no entender la mitad de lo que se dijera. Cosa curiosa, no ocurrió así. La conversación entre los autores fue muy amena, y me encontré de pronto tan cómoda y feliz como en las viejas, viejas pláticas que alguna vez tenía con viejos, viejos amigos enamorados de la especulación y la imaginación. Ya les había mencionado que ésta fue una feria de nostalgias.

Algo que se me hizo curioso (por parte de la presentadora más que nada) fue, tal como ocurrió en la conferencia de Bradbury, ese afán de “justificar” a la ciencia ficción como una forma de “predecir” el futuro. Pero por ahí no va la cosa, como estuvieron de acuerdo los tres autores (por ahí se mencionó la idea conocida de Bradbury de “imaginar el futuro para poder evitarlo”). La única razón por la que la ci fi le ha dado al clavo con ciertos hechos futuros es que sus autores han observado el presente tanto como para darse cuenta de a dónde va la cosa. Y no siempre sucede... ¿quién se hubiera imaginado que el señor Niven no cree que exista el calentamiento global?

Creo que la parte más divertida de la presentación ocurrió cuando el Capitán, para variar, metió una pregunta controversial al asunto... ¿qué opinaban los autores de esos escritores de mainstream que se metían de pronto a escribir ciencia ficción? Me encantó que todos expresaran el mismo sentimiento, o alguno muy parecido, al le pasó a una servidora por las tripas cuando La Carretera de Cormac McCarthy le ganó a 253 de Geoff Ryman el premio Ignotus a Mejor novela en lengua extranjera.

Vamos, dijo Robinson, vamos, ustedes saben que eso no es cierto. Luego resulta que Margaret Atwood dice que ella no escribe ciencia ficción. Y cuando varios escritores “de prestigio” intentan probar suerte con el género (porque piensan que para hacerlo basta meter algún mundo postapocalíptico y naves espaciales en el asunto) y reciben miles de alabanzas por alguna idea sobada, alguna imagen que ya en los sesenta era vieja, o cualquier simpleza a la que cubren de merengue churrigueresco para darle mayor “calidad literaria”, uno se siente defraudado. (Algo como esto fue lo que Ursula LeGuin mencionó sobre una nota publicada en el New York Times cuando falleciera J.G. Ballard. Pero de esto ya les pasaré algo mañana o pasado, si Dios quiere).

Más tarde, cuando Danielewski, un escritor mucho más joven, se unió a los veteranos, una servidora se puso un poquito nerviosa, precisamente por ignorancia. Pero Danielewski despertó el interés de toda la audiencia. Tiene una novela que se llama The House of Leaves que se pinta bastante rara... casi casi diría que se parece a 253. No estoy segura de que sea ciencia ficción o fantasía tal cual, pero de todas formas quisiera leerla. Y, no sé... ¿traducirla? ¿Alguna editorial la habrá comprado ya...? Oh, sueños, sueños, sueños...

Igual, ya les comentaré cuando la consiga (todavía me queda mucho por leer). Mark Danielewski salió corriendo a toda prisa cuanto terminó la conferencia; ni oportunidad de hacerle últimas preguntas o pedirle alguna foto.

El jueves fue uno de los mejores días de la Feria. Y uno de los que más lamenté que terminara.

miércoles, diciembre 16, 2009

Ray Bradbury en FIL 2009

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No es reciente, y le puse algo de montaje porque no tenía mucho que hacer... pero ésta sigue siendo mi foto favorita de Ray Bradbury.

El primer escritor de ciencia ficción para una servidora de ustedes fue Fredric Brown. ¿El segundo? Ray Bradbury, por supuesto. Recién llegada a la secundaria, tuve que “pagar el precio” de leer un libro que me pasó mi hermana con tal de que me soltara las Crónicas Marcianas, Ediciones Minotauro, prólogo de Jorge Luis Borges. Yo ni sabía quién era ese tal Borges. Pero igual me estaba costando trabajo imaginarme al tal Bradbury, aunque algo en el nombre de ambos me sonaba. Pero aun vendría un largo camino qué recorrer... poquito antes de que aquel gran bibliotecario ciego me diera una enorme lección de humildad cuando, por propia iniciativa y no por el programa escolar, decidí tomar por asalto “la lengua de los ásperos sajones”, ya tenía por delante Farenhet 451 y El vino del estío... y creo que fue aquí cuando comencé a sentir de cerca y amar a este señor, a este escritor.

Bien, el primero de diciembre de 2009, pude conocerlo junto con muchos otros lectores, lo más cerca probablemente que podré tenerlo alguna vez, en una pantalla gigante, transmisión vía satélite.

Bradbury tiene casi noventa años; se ve lúcido, pero frágil. Su imagen me recuerda un poco a su propia descripción de la abuelita que se despide en El vino del estío. Esto es muy triste, porque en mi salón de la universidad yo tenía una foto suya de joven, con ojotes soñadores y cabello rubio; los ojos, hasta eso, no han cambiado, pero cómo me gustaría que el señor tuviera la misma fuerza que la abuela, que no necesitara silla de ruedas.

Junto a él está Sam Weller, su biógrafo. Se nos dice que hay cámaras que nos apuntan y que el autor nos está viendo; ¿será cierto? No parece. Entonces la gente comienza a aplaudir y a gritar; el anciano escritor se mueve y esboza una media sonrisa. Y ahí desaparecen las preocupaciones.

Weller lleva la conversación, pero Bradbury habla hasta por las orejas, con un buen humor contagioso y reconfortante; se pone a platicar sobre todo anécdotas (algunas las conocíamos; otras no). Ya sabíamos que había estado en México (varias de sus historias lo dan a entender), pero no que se había hospedado en el Hotel Fénix de Guadalajara; que había escrito el guión de Moby Dick de John Huston, pero no que lo había hecho creyéndose, literalmente, Herman Melville; que había tenido contacto con bastantes escritores de ciencia ficción, pero no que hubiera adoptado a Leigh Brackett como maestra.

El que pensara que la ciencia ficción dura no tiene corazón ya nos lo olíamos, al igual que la filosofía de vida que este visionario del walkman ha seguido, y se nota, con tremenda fidelidad: hay que amar lo que uno hace, y hacer lo que uno ama.


Fue una tarde deliciosa; sigo juntando pruebas de que mi teoría según la cual una persona querida, aun a la distancia, puede entibiarle el corazón a uno. Siguió una ronda de preguntas, y aunque Bradbury no respondió con el detalle que me hubiera gustado a la mía (sobre su editor argentino, Paco Porrúa) un par de cosillas no se me van a olvidar de la última parte de la sesión: que le envió un beso al público, y que dijo algo que arrancó aplausos a los presentes: “Si alguna vez hubiera personas que no crean en ustedes y los manden a volar, díganle que Ray Bradbury dice que se vayan a volar ellos”.

Voy a tomar en cuenta el consejo, por Dios que sí.
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