viernes, julio 03, 2009

Nevermore

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Olviden ustedes a Farrah Fawcett, Michael Jackson o Manuel Saval. Creo que la pérdida de la semana ha ocurrido por otro lado, y me temo que ha sido los suficientemente dolorosa y repentina como para que una servidora no sepa ni siquiera cómo empezar a hablar de ello.

Un colega blogger, el Cuervo López, de Argentina, falleció el fin de semana pasado. Era uno de los mejores amigos del Capitán Quasar; aunque nunca llegaron a verse en la vida real, conversaban casi todas las noches (y si una persona ajena a su relación los hubiera escuchado, lo más probable es que pensara que ambos se odiaban mortalmente por tanta lindura que se ponían a intercambiar... insultos mutuos a sus nacionalidades y cuestionamientos a su respectiva sexualidad, entre otros. Pero es que así es el Capitán Quasar... se mete a messenger a decirle cosas horribles a personas que realmente le importan). Y cuando la cosa estaba en serio, se ponían serios. Así nada más.

El blog del Cuervo (pueden ustedes hallar el link en mi lista, aquí a la derecha) era básicamente de música clásica; él tenía una colección impresionante que sin ningún empacho compartía en la red. Su autor favorito era Mahler, al que una servidora conoció por la recomendación de un amigo, Mordeus, que me dijo que “hacía música como de ciencia ficción”. Los discos de Mahler son carísimos, al menos en México, así que le agradecí infinitamente al Cuervo que los pusiera en su sitio. Sobre todo las varias versiones de la sinfonía número 8.

Pero igual publicaba textos de todas clases, suyos o de sus amigos; cuando supo que era lingüista y que me interesaba Tolkien, me invitó a colaborar con un par de escritillos. Y así de amable era que me consiguió dos libros sobre Tolkien, uno de ellos recomendado por el autor Joseph Pearce, que en México eran imposibles de hallar. Si hay algo que siento más en este preciso momento es que nunca le devolví el favor. Jamás le he echado tantas maldiciones a mi estúpida manía de dejar las cosas para después.

El Capitán y el Cuervo compartían el mismo nombre, la misma incurable mamitis y el gusto por el cine. Casi parecía que los hubieran cortado con la misma tijera, salvo por las diametralmente distintas preferencias musicales (el Capitán y su espantoso pop ochentero). Pasadas las diez de este hemisferio los oía conversar, o más bien, oía los teclazos del Capitán, y una risita peculiar que soltaba siempre que platicaba con el Cuervo.

Un día, el Cuervo desapareció. Pensamos que, como sucede a veces, algún amigo se harta de la red y se toma unos meses de aislamiento para aspirar un poco de aire libre de tecnología; ahora veo bien lo importante que pueden llegar a ser esas ausencias, y que con la época en la que vivimos hay que tomarse la libertad de cuestionarlas, porque más vale invadir la privacidad de un amigo que enterarnos después de que tuvo problemas. Como ahora. Jamás nos imaginamos que el Cuervo estaba enfermo de gravedad.

Va a ser muy difícil acostumbrarse a la idea de que ya no está aquí. Curioso que sea de esta manera, que uno haya tenido la impresión de escuchar a alguien sin haberlo escuchado en la vida real, que no haya tocado más de esa persona que una tarjetita manuscrita, y el vacío se sienta de todas formas. Después de que el Cuervo dejara de entrar a messenger, ya no volví a oír aquella risita del Capitán. Y ahora sólo puedo pensar que no volveré a oírla nunca más.

lunes, junio 29, 2009

Reseña de película: Star Trek

Ya sé que debería escribir algo sobre Farrah Fawcett, o sobre Michael Jackson, o Manuel Saval... y sé que al menos tengo deber moral de hacerlo, por haber sido niña setentera, adolescente ochentera, y porque aunque odiaba las telenovelas era fanática del programa de Cachirulo y, si la memoria no me traiciona, el guapo señor Saval apareció en alguno de sus episodios... Pero tal vez lo haga después. Tal vez alguna reflexión al respecto porque apenas me enteré de que la señora Fawcett era católica. Como sea, antes de que pase más tiempo, una reseña que ya les debía...


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Star Trek

Director: J.J. Abrams

Intérpretes: Chris Pine, Zachary Quinto, Eric Bana, Leonard Nimoy, Karl Urban, Zoe Saldana, Bruce Greenwod, Simon Pegg, John Cho, Anton Yelchin, Winona Ryder, Ben Cross.

Lo bueno: Los fans van a estar encantados. Los no fans pasarán un muy buen rato.

Lo malo: Los no fans se van a perder la mitad de la diversión. Los fans van a terminar con un mínimo gusanito en la panza.

Calificación: ****

Si hace veinte años algún viajero del tiempo me hubiera platicado precisamente esto, que se haría una película de Viaje a las Estrellas con otros actores en los papeles de la serie clásica, hubiera tachado el asunto de blasfemia y me hubiera sentado a imaginar visiones del Apocalipsis en 2009. Para una fancita como yo, hija de las repeticiones setenteras, prendida al capítulo de la semana los sábados de los ochenta y muy agradecida porque el Universal Channel decidió vover transmitir la serie ya entrados los noventa, era imposible concebir siquiera que alguien más que no fuera Jimmy Doohan hiciera de Scotty, o que le cambiaran la cara de Leonard Nimoy al señor Spock (por mencionar apenas un par de ejemplos). Así que me tomé la noticia de esta versión con bastante escepticismo, y cuando se anunció poco a poco el reparto, sólo podía darme vueltas en la cabeza, una y otra vez, una imagen sugerida con todo el sentido del humor por mi gran amigo Alphanubis:

-¡El toque de la muerte, Spock! ¡Rápido!

Y Spock levanta el dedo índice, esboza una sonrisita malvada y con energía psicoquinética comienza a rebanarle el cráneo a su víctima...

Ahora, según soltaban cortos en internet y televisión, la película se me fue antojando más, y más, y más. Protesté cuando el estreno se retrasó por el brote de influenza porcina. Y cuando finalmente la pusieron en cartelera en mi ciudad, no esperé ni un día para verla.

Aquí tienen mi reseña, un tanto atrasada.

James T. Kirk (Chris Pine), una especie de James Dean del siglo XXIII, ingresa en la academia espacial con con la esperanza de llegar a formar, como su padre, capitán de alguna nave de la Federación Estelar. Indisciplinado y mujeriego, tiene que aceptar la ayuda de un doctor de la flota, Leonard McCoy (Karl Urban) para colarse en la U.S.S. Enterprise, al mando del capitán Christopher Pike (Bruce Greenwood), justo en el momento en que la flota parte para una misión de rescate al planeta Vulcano. Aunque Kirk es un reverendo desbarajuste y parece dejarse llevar más por las hormonas que por las neuronas, tiene bastante cabeza como para darse cuenta de que todo el lío es una trampa, y justo a tiempo consigue salvar a la Enterprise. El capitán Pike, sin embargo, es capturado, y quien se queda al mando es su primer oficial, un joven semivulcano, Spock (Zachary Quinto) con quien Kirk ya ha tenido algunos problemillas. Pero falta mucho para que todo termine, y lo que es peor, el destino de miles de vidas pudo haberse decidido varios cientos de años después. Kirk tendrá que ingeniárselas, con todo aparentemente en su contra, para que la situación no empeore. Y tal vez para que su sueño se cumpla.

Todo lo anterio va aderezado con acción, acción, aventura, acción, más o menos al estilo de la serie viejita si de verdad los personajes principales hubieran estado en plan más juvenil y menos serio. No entiendo todavía cómo el director J.J. Abrams, que es un fan declarado de Star Wars (y los pleitos entre jedi y trekkies son bien conocidos) se las arregló para ofrecerle a los fans un trabajo bien cuidado y detallista, en especial por parte de los actores, que incluso rebasó las expectativas de una quisquillosa servidora. ¿Cómo iba un tipo más bien musculoso como Karl Urban a representar al flaquito doctor McCoy? No sé, pero lo hizo; le bastaron los ojotes. Zachary Quinto, aunque jamás pudo hacer el saludo vulcano (leí que tuvieron que pegarle los dedos para que le saliera bien) me ganó con dos detalles que casi me hicieron dar brincos de gusto: Spock arreglándose la chaquetita a la hora de levantarse, y ese peculiar arqueamiento de una sola ceja. Y

Y Pine, bueno, Pine es Kirk, un completo Kirk joven, con más inmadureces de las que le hubiéramos contemplado en sus treinta, pero el mismo corazón a todo prueba; y eso se notaba. John Cho muestra una versión del teniente Sulu que muy pocas veces vimos en la serie original (pocas, pero ahí estaban), Zoe Saldana es una muy sexy Uhura en un mundo donde la igualdad racial es un hecho (ahora casi no se nota, pero en sus tiempos fue bastante avant garde), y aunque Anton Yelchin no se parece a Chekov, habla igualito y se mueve igual. El reto verdadero, el que no me lo creía, el que juraba que no me iba a dar gusto, Simon Pegg como Scotty... finalmente consiguió que me dieran ganas de apapacharlo, y cuánto me hubiera gustado un abrazo de James Doohan.


Bien, la película le resultará bastante entretenida al espectador casual, pero incluye una gran cantidad de guiños para el fan de hueso colorado; sin duda el mejor de éstos es que Leonard Nimoy pudiera repetir el papel que lo hizo famoso. Otro más, aunque triste, fue escuchar por última vez a Majel Barret, la esposa de Gene Roddenberry, el creador de Star Trek, que, además de tener papeles en la serie original y varias más, fue siempre la voz de las computadoras de las naves estelares. La señora Barret falleció el año pasado; su esposo en 1991.

Ahora, las malas noticias, el único detalle negativo de la trama va a afectar precisamente a los fans del Star Trek clásico. Al verla, claro que dan ganas de más, que uno quisiera otra aventura de acción con el joven Kirk y todo su grupo, pero si el precio a pagar por ello resulta...

Spoiler (seleccionen el texto si realmente quieren leerlo)

...que todo lo que hemos visto es una historia alterna, en una realidad alterna, y que todo lo que ha pasado está en una especie de universo paralelo, gracias a viajes en el tiempo más complicados que los de Marty McFly...

..., se queda uno con la sensación de que el esfuerzo de los actores, los guiños y todo lo demás en realidad no sirvió para nada. Salvo este incomodísimo gusano que puede estarle masticando a uno el hígado al terminar la función, la película está para verse, más de una vez si fuera posible. Si la tienen en la lista para elegir con Transformers, Wolverine o Ángeles y serafines... perdón, demonios, ya saben por cuál irse.

Recomendaciones: Fans de Star Trek, no se vayan a perder esto por mucho que los antecedentes les provoquen desconfianza. De nuevo citando a Alphanubis, sólo esta película le dio más a los trekkies que lo que los episodios I, II y III juntos le dieron a los de fans Star Wars. Si no saben nada de Star Trek pero igual quieren divertirse con una bien hecha aventura de cine veraniego, funciona.

Abstenerse: Si la ciencia ficción no es lo suyo. Si son ultrarrequetecontrafans de Star Wars, puede que no sea lo que esperan (pero no se preocupen, que los episodios I, II y III tampoco fueron lo que esperábamos).

miércoles, junio 24, 2009

Cátedra

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(Foto de Nora, la gatita pianista. Con fines decorativos)

Hace algunos días cambié mi parada de autobús habitual. Ahora, básicamente, camino menos, si llueve me mojo menos y paso menos frío... y me arriesgo a que el transporte me deje tirada, ya que en ese cruce de calles en particular, las rutas suelen pasar de largo, no sé aún por qué. Procuro levantarme más temprano para tomar el primer camión que se detenga y así me ahorro pasos, aire frío en la garganta... y sobre todo malos pensamientos. Mi parada anterior me llevaba a pasearme junto a mi antigua universidad. Sí, la que ahora se está cayendo a pedazos (falta de alumnado, recorte masivo de personal). En su momento, me tocó ser uno de los pedazos que caían.

Ah, mi universidad. La que hasta hace poco tenía que ver todos los días, tan lejos y tan cerca, y terminaba soñando con ella, a veces tres noches seguidas.

Mi universidad. La misma con la que tantas veces estuve en desacuerdo, la de aquellas políticas que tuve que desafiar, la de la biblioteca desvalijada que acogía mis rabietas al mismo tiempo que expulsaba libros viejitos que con un poco de suerte hallaban en mis libreros un nuevo hogar.

¿Qué puedo decir? La extraño. Más bien, no extraño tanto la universidad en sí, sino mi escuela, y mi cátedra. Extraño enseñar a Shakespeare, a Stephen Crane, a Capote, a Fitzgerald y todos sus amigos; extraño recitar The Congo para mis alumnos (with a silk umbrella and the handle of a broom, boomlay, boomlay, boomlay, boom), extraño reírme con ellos de las ocurrencias de Dorothy Parker. Extraño enseñar Sapir y Whorf, Chomsky, Saussure, Bopp; extraño buscar pretextos para enseñar a Tolkien.

Extraño mi oficina, perpetuamente en desorden, con mi librero lleno de polvo, con mi poster de Chrono Trigger y mi mapa de Irlanda en la pared (¿por qué me dejé convencer de abandonarlos?), el mullido silloncito donde me tiraba a soñar (o a dormir, o a revisar exámenes, dependiendo de la estación y el momento) en los ratos libres. Extraño la confianza de un trabajo seguro, extraño el no tener miedo cada fin, mitad y principio de año.

Con todo, ¿cuántas historias no hubo ahí que resultaron más amargas que la mía? Me viene una a la cabeza y aprovecho para contarla: la del maestro B.

Antes de que se cerraran, en ese orden, las escuelas de Arqueología y Antropología, Letras, Lingüística y Ciencias de la Información (todas mi espacio de trabajo), la Universidad había disuelto algo que consideraba todavía más inútil: la orquesta escolar. ¿A quién le servirían los conciertos de temporada? No generaban ganancias.

En fin. Un día, cuando ya la escuela de Lingüística se hallaba en las últimas pero varios como yo, optimistas e ingenuos, todavía acumulábamos planes para revivirla, apareció en mi salón de clases un objeto insólito. Ya me habían quitado de las paredes mis fotos de autores en pose sexy (Hemingway de veinte años en su cama de hospital, Bradbury más o menos de la edad, con ojotes soñadores mirando al infinito, Capote como un rubio bajito y despampanante, un encantador perfil de Parker, Dickinson en actitud modosita y brazos cruzados, mi favorita de Tolkien, con lentes y concentrado en sus apuntes); una señal clarísima de que el salón ya no era exclusivamente mío sino que estaba dedicado a otras cuestiones más redituables en mis horas de ausencia (hubo una muy paulatina invasión de la Escuela de Lingüística). Pero, ¿qué estaba haciendo ahí un piano de cola...?

Me acerqué, imaginándome que el instrumento, como era costumbre, tendría un candado en la tapa, pero no era así. Estaba suelta, para cualquiera que se animara a levantarla e improvisar un poco. Oh, bueno, me dije, un piano. Veamos...

Nunca he tomado clases de piano, pero mis hermanas sí, y teníamos en la casa de mis papás uno sencillo que me daba por aporrear cuando había que deshacerse de las tensiones. La tentación fue demasiado fuerte, y, como al estilo de excusa barata para infidelidades, lo que tenía que pasar pasó entre un teclado y unos dedos nerviosos.

Pero otro día, en las mismas, el maestro B. me dio el susto de mi vida; me pescó en el acto, pues. Casi brinco.

Cuando, apenadísima, cerré la tapa del piano como si me estuviera abotonando la blusa, el maestro B. me dijo - No, no; siga, por favor -. No lo hice. Como buena mediocre, para hacer mediocridades me escondo. Pero a partir de ahí comenzamos a platicar, y supe por qué el maestro B. se me había hecho conocido. Era... bueno, había sido el director de la clausurada Orquesta Universitaria.

El maestro B. era de Rumania (de Transilvania, de donde es el Conde Drácula, decía con mucho orgullo), pero llevaba mucho tiempo viviendo en México y su español era perfecto, incluso para captar las sutilezas y dobles sentidos de nuestra región. Recordé haberlo visto dirigiendo la orquesta con varios coros en mi tiempo de estudiante, en eventos y espectáculos que para los alumnos y profesores eran gratis: Que si el concierto de verano, que el de Navidad...

Pero ahora ya no había orquesta, y el régimen laboral por el que el maestro B. estaba registrado (además de su antigüedad en la escuela) no hacía tan fácil que la universidad lo despidiera. Por consiguiente, ¿qué hicieron con él? Mandaron su piano al salón que consideraban más inútil en turno (la primera vez que lo vi fue en una sala de conferencias del edificio de Humanidades) y le dijeron que se quedara ahí a ofrecer clases a quien se acercara.

Cuando rellenaron esa área con estudiantes de derecho y la siguiente aterrorizada generación de burócratas, el salón para refundir el piano fue el de una servidora. Por eso hablé con el maestro B. muchísimas veces durante mi último semestre en la Universidad, cuando me lo encontraba caminando de un lado a otro, esperando a alumnos de música que rara vez llegaban.

Había sido cruel privar al maestro B. de su orquesta; era punto menos que inhumano hacerlo sentir que la música era un producto no comercial (y, que la boca se les queme, prescindible). La música seguía siendo su razón de ser, la nube que lo llevaba flotando sobre las miserias de este mundo. A falta de música, se hundía en su segundo gusto: la conversación. Si no tenía alumnos (casi siempre, pues) se ponía a navegar por la escuela de Lingüística en busca de alguien con quién charlar.

Advertidos o tras algunas cuantas experiencias, corríamos a escondernos siempre que lo oíamos acercarse; no era que el maestro B. fuera una persona desagradable ni mucho menos, pero es que no había manera de cortarle la plática. Alegremente nos contaba de su país y de lo que antes era la orquesta, y sin una sombra de malicia se quejaba de la impuntualidad mexicana (parecía pasar por alto que algunas ocasiones era por culpa suya que llegábamos diez y hasta quince minutos tarde a nuestras clases).

Por mi lado, yo le huía tanto como todos los demás, profesores, alumnos, secretarias, sobre todo cuando las clases eran en la planta baja (mi oficina en Lingüística estaba en el piso más alto de Humanidades), pero si el tiempo no apretaba me quedaba a conversar con él. Así fue como me enteré de un poco de su historia personal, y de que su enfoque para enseñar música era muy similar al mío, entonces, para enseñar literatura. La música (y la literatura) no era un animal muerto que la gente tuviera que tender en una mesa de disección, sino uno vivo, que exigía cariño y proporcionaba a cambio alegría, pura y simple alegría.

Aprendí también un par de cosas curiosas. Una vez que me pescó tarareando una melodía de Suikoden, el maestro B me explicó que el sonidito característico de la música oriental ocurría porque en ella se emplean casi exclusivamente bemoles. Probé en su piano con una canción de Joe Hisashi a dos deditos... y para mi sorpresa jamás me salí de las teclas negras.

En otra ocasión, me platicó tan ilusionado como un niño los planes que tenía para cuando se volviera a formar la orquesta, del regalo que prepararía para quienes, directa o indirectamente, lo había perjudicado:

- Va a ser el cumpleaños de X (una de las altas autoridades) y vamos a darle un recital. Tenemos una niña que canta tan bonito y un muchacho que toca la flauta. Y usted va a cantar, no me diga que no. Dígame cuándo nos ponemos a ensayar.

Nunca lo hicimos; mi tiempo corto, mi fe en los milagros casi extinta.

No me despedí del maestro B. De nadie, en realidad, pues mi corazón estaba partido en dos o tres (por la humillación, más que nada, de haber esperado que después de más de diez años de servicio mi universidad me daría siquiera las gracias antes del último adiós) y temía echarme a llorar en público. Fui a vaciar mi oficina de noche, como ladrón ni más ni menos; hacia las nueve y media salí arrastrando una maleta llena de libros, apuntes, tazas e instrumentos de escritura; la misma con la que apenas tres semanas atrás me había desempacado, feliz, de las Europas. Atrás dejé mi querido, sombrío agujero, bolsas llenas de exámenes de años y años, y, maldita sea, mi mapa de Irlanda y mi poster de Chrono Trigger (había perdido tanto, supongo, que no me dolía perder un poquito más).

Años después, cuando acepté un empleo de maestra suplente en aquella universidad, pasé de nuevo por la ex escuela de Lingüística, y se me cayó la mandíbula cuando vi que la estaban remodelando (aunque el asunto evocaba más violencia). Mi salón de clases había desaparecido, de seguro, entre escombros. ¡Santo cielo! ¿Y el maestro B.? ¿Y su piano? Más adelante me enteré por el periódico que lo habían nombrado director de la orquesta infantil estatal (le encantaba trabajar con niños) y que por lo pronto, estoy hablando de hace un par de años, no percibiría salario por ello. A veces somos horribles, los mexicanos.

La última vez que pasé frente a mi universidad, me llegó un olorcillo a azufre, el que en mi cultura se asocia con cuestiones demoniacas. Tuve pesadillas; no con el diablo, sino con un desfile interminable de promesas en el piso, de sueños desperdiciados, de anhelos rotos; esas cosas. Y entonces decidí cambiar mi parada de autobús.

lunes, junio 22, 2009

Reseña de videojuego: Mi Experto en Inglés

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Mi Experto en Inglés

Productor: Ubisoft
Consola: Nintendo DS

Lo bueno: Cumple, pero hay que fijarse bien en lo que promete.

Lo malo: Puede resultar algo repetitivo.

Calificación: ***

En la vida se encontrarán muchos, muchos métodos y cursos que les prometan enseñarles una lengua extranjera con el mínimo esfuerzo, o en menos de un año, o algo así; algunos llegarán a la blasfemia de afirmar que lo hacen “sin gramática”. Créanme, todos son un fraude. En la mayoría de las disciplinas, pero muy importante, en los idiomas sobre todo, no hay atajo sin trabajo, y el aprendizaje y sobre todo el perfeccionamiento de una segunda o tercera lengua lleva un tiempo bastante largo, y dependiendo de la persona o la lengua misma, una buena quemada de pestañas.

Ahora, ninguno de los juegos lingüísticos de Ubisoft promete enseñar mágicamente. Lo que sí logran es asesorar y repasar cierto uso del vocabulario de la lengua en cuestión; eso se aclara desde su cajita, pero no estaría mal ponerlo en el título (¿a que suena lindo Mi Experto en Vocabulario del Inglés? Mmhhh... tal vez un poco largo).

Pero bueno. En el juego uno crea un perfil y elige a un “asesor” de entre varios simpáticos muñequitos; este asesor evaluará nuestro progreso, vigilará que nos presentemos a sesiones diarias o al menos muy frecuentes de juego, y nos dará una buena o sentida reprimenda si faltamos a la cita o cometemos muchos errores. A nuestro propio ritmo y gusto, pero siempre bajo la atenta mirada del muñequito, podremos participar en diversos minijuegos bastante divertidos (hay una literalísima sopa de letras, uno de completar palaras, otro de relacionarlas con sus significados en español, uno más que se parece vagamente al Tetris) y finalmente consultar nuestras dudas en un gigantesco glosario bilingüe.

Ahora, si queremos en realidad aprender inglés como segunda lengua, ya sabremos que las palabras son apenas una pequeña parte de proceso; nos falta tratar con gramática, pronunciación, modismos y cultura... y Mi Experto en Inglés no navega por esas aguas. ¿Entonces...? Es precisamente esta característica lo que lo convierte en una excelente herramienta para... sí, ustedes adivinaron: para traductores.

Cuando uno trabaja con dos lenguas al mismo tiempo, resulta muy, pero muy sencillo que una interfiera con la otra, incluso si una de ellas es nuestra lengua nativa. Y así, resulta que de un momento a otro acabamos inventando palabrejas y expresiones enteras, y haciendo con ellas un verdadero desbarajuste: por ejemplo, aplicamos para entrar a la universidad o a algún empleo; introducimos un tema y hablamos de niños abusados por sus padres; usamos removedor de pintura e invertimos con confidencia en algún negocio.

Mi Experto en Inglés nos permite no sólo crearnos un vocabulario más amplio en esta lengua, sino mantener, bien firme, el control sobre nuestra lengua materna; el contenido de las lecciones se repite lo necesario como para fijar los nuevos conocimientos y se ajusta a distintos niveles.

El único problemita que uno podría verle a este título es que, aunque los diversos retos nos permiten desbloquear nuevos pasatiempos y grados de dificultad, muy pronto se llega al tope y el asunto deja de ser un juego para convertirse en una herramienta didáctica. Es decir, que si no nos molesta repetir los mismos minijuegos y las mismas actividades con un contenido distinto, no está nada mal; de otro modo, hay que pensársela.

Recomendaciones: Principalmente para traductores, intérpretes y todas las personas que trabajen alternativamente con el español y el inglés. Para estudiantes de inglés como lengua extranjera de niveles intermedio a avanzado (los de básico también, si no les molesta pasar por alguna que otra mínima humillación) que quieran enriquecer su vocabulario. Si piensan que “bizarre” significa “bizarro” y no encuentran mejor equivalente en español para “develop” que “desarrollar”, pónganlo en sus prioridades de compra.

Abstenerse: Si no tienen conocimiento alguno del inglés; esto no sirve para aprender de cero.

viernes, junio 12, 2009

Birthday girl

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Bienvenidos a lo que probablemente sea la entrada más egocéntrica que una servidora haya puesto y pondrá aquí. Espero que por esta ocasión me lo pasen por alto; hoy es mi cumpleaños, y como he pasado una semana de verdaderos perros y el día, que no se pinta mucho mejor, amaneció lluvioso, he decidido autofestejarme un poco.

Hasta algún tiempo, me daba por coleccionar frases y cosas lindas (y a veces no tan lindas, pero que de algún modo me hacían sentir bien, o mejor, o que andaba en el camino correcto) que me decían, o que alguien decía con respecto a mí. Para mi autorregalo, he armado un conjunto de ellas. Me faltan muchas, una buena parte de mis lectores, así que de antemano pido disculpas por las miles, miles de omisiones que debe haber aquí; desde hace más de siete años que dejé de compilar las frases. Aquí les comparto las que pude recuperar o recordar, por orden alfabético del nombre de la persona citada; los que prefiero que permanezcan anónimos (es decir, sin siquiera una sigla) o que no recuerdo o no sé cómo se llaman los dejo para el final.

  • “Porque es la mejor. En todo lo que haga, en todo lo que se proponga, es la mejor”.
Y entonces no sabía el paquetote que me estaba echando encima el Capitán, cuando respondió así a la pregunta de que por qué te quieres casar con tu pareja en nuestras pláticas prematrimoniales.

  • “Nunca he visto personas más diferentes”.
Un amigo queridísimo, G. Fue hermoso oír esto después de una vida en la que se la pasan comparándolo a uno con otra persona.

  • “No es que lleves máscara. Es que la gente no se acaba de creer cómo eres”.
Un viejo colega, apodado G., me dio este alivio para el espíritu cuando mis “amigos” de entonces decían que mi personalidad era puro fingimiento.

  • “Y eres tú, eres tú, quien escribe esas líneas, desde la entraña, el corazón, el cerebro. Ese cuento me llegó al hipotálamo, de veras. Cómo me gustó.”
Entre tantas críticas positivas que he recibido por mis escritos, ésta alcanzó a sacudirme el tapete, como decimos en México. Gracias a I.

  • “Eres una mujer admirable”.
Me gané esta joya de un amigo, N., por rescatar una gatita de un abusador.

  • “¡Y ella lo ha hecho 253 veces!”
Blogger P., en su comentario sobre mi traducción de la novela homónima de Geoff Ryman y la dificultad constante que se tuvo que resolver en el trabajo.

  • “Tú eres Gandalf. Ya vi tus poderes”.
Un viejo amigo, P. Yo tampoco entiendo a qué se refería. Pero me fascina Gandalf así que debe ser algo bueno.

  • “Después de conocerte, hasta dan ganas de hacerse católico”.
Es la cosa más bonita que me han dicho sobre mi religión; no creo, sin embargo, que Pei se acuerde de cuando me la escribió... ; >

  • “Sólo de pensar que entre nuestros lectores hay personas tan buenas...”
Q., de TheOneRing.net

  • “No importa tu talla, eres una Diosa. Para mí lo eres”.
Las mujeres deberían escuchar esto más seguido, con tanto bombardeo negativo de los medios de comunicación y ataques a la autoestima. Yo tuve la fortuna de recibirlo de Raven. :>

  • “L, L, te acabas de superar”.
Mi maestro R.F. después de leer un trabajo final escolar que hice sobre Edith Sitwell.

  • “I love her.” (No lo quise traducir; creo que suena hermoso en el original.)
Lo que opinó Ursula LeGuin de mi reseña en plan cómico sobre la espantérrima adaptación de la serie de Terramar que hicieron el SciFi y el Hallmark Channel.

  • “¡Pero qué niña tan bonita! ¡Qué niña tan bonita! Si no estuviera yo casado, ¡no te dejaría ir!”
Uno se puede mudar a las nubes y quedarse ahí tras oír palabras tan amables y bonitas del maestro Will Eisner...



Donde faltaron los nombres:

  • “¡Para que vuelvas a contratar modelos!”.
Camarógrafo al director de un segmento de video de un programita en el que estuve trabajando, cuando me llamaron para rehacer una escena difícil (había que romper en llanto). Al cliente no le había gustado el producto original, aunque la chica en escena tenía buenas piernas y era alta y guapa.

  • “Por otro lado, L., si encontraste tu cruzada en la vida ¡felicidades! Pero recuerda que todo fanatismo es malo”.
La persona que dijo esto (cuando una servidora tenía ya VARIAS cruzadas en la vida) no lo hizo con las mejores intenciones. Pero aprecio mucho el mensaje (me hace pensar en el valor de la pasión, y también en su precio).

  • “L., estoy de acuerdo contigo en algo: pensamos muy diferente”.
Si conocieran a la persona que dijo esto, comprenderían que esto es de verdad un halago, una auténtica flor.

  • “¡Pero cómo le brilla el pelo a esta criatura!”.
Clienta de una estética donde voy a cortarme el pelo; esto hace apenas unos meses. Una servidora no tiene feo pelo, y siempre me mencionan alguna cosita linda al respecto en el salón de belleza; pero que le digan a uno “criatura” cuando ya anda rondando los cuarenta basta, creo, para alegrarle el día.

AÑADIDO EN EDICIÓN: Antes de que me vuelque en agradecimientos para todos ustedes, porque finalmente el día fue muy bueno, vi que entre mi colección de frases lindas hice una terrible omisión. Les presento, aunque un poco tarde, la colección especial de Irlanda:

Colección especial de Irlanda:

  • "¡Pensé que eras irlandesa!"
Señor ancianito que me sacó conversación en un pub de Galway.

  • "¡Estupenda, estupenda bailarina!"
Señora en otro pub de Galway donde me animé a mover los pies.

  • "Very good English" (esta tampoco se me antojó traducirla, je, je, je)
Cajero en un restaurantito de Galway donde pedí mi primera taza de chocolate caliente en la isla.

Y, ahora sí, es todo.
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