
Olviden ustedes a Farrah Fawcett, Michael Jackson o Manuel Saval. Creo que la pérdida de la semana ha ocurrido por otro lado, y me temo que ha sido los suficientemente dolorosa y repentina como para que una servidora no sepa ni siquiera cómo empezar a hablar de ello.
Un colega blogger, el Cuervo López, de Argentina, falleció el fin de semana pasado. Era uno de los mejores amigos del Capitán Quasar; aunque nunca llegaron a verse en la vida real, conversaban casi todas las noches (y si una persona ajena a su relación los hubiera escuchado, lo más probable es que pensara que ambos se odiaban mortalmente por tanta lindura que se ponían a intercambiar... insultos mutuos a sus nacionalidades y cuestionamientos a su respectiva sexualidad, entre otros. Pero es que así es el Capitán Quasar... se mete a messenger a decirle cosas horribles a personas que realmente le importan). Y cuando la cosa estaba en serio, se ponían serios. Así nada más.
El blog del Cuervo (pueden ustedes hallar el link en mi lista, aquí a la derecha) era básicamente de música clásica; él tenía una colección impresionante que sin ningún empacho compartía en la red. Su autor favorito era Mahler, al que una servidora conoció por la recomendación de un amigo, Mordeus, que me dijo que “hacía música como de ciencia ficción”. Los discos de Mahler son carísimos, al menos en México, así que le agradecí infinitamente al Cuervo que los pusiera en su sitio. Sobre todo las varias versiones de la sinfonía número 8.
Pero igual publicaba textos de todas clases, suyos o de sus amigos; cuando supo que era lingüista y que me interesaba Tolkien, me invitó a colaborar con un par de escritillos. Y así de amable era que me consiguió dos libros sobre Tolkien, uno de ellos recomendado por el autor Joseph Pearce, que en México eran imposibles de hallar. Si hay algo que siento más en este preciso momento es que nunca le devolví el favor. Jamás le he echado tantas maldiciones a mi estúpida manía de dejar las cosas para después.
El Capitán y el Cuervo compartían el mismo nombre, la misma incurable mamitis y el gusto por el cine. Casi parecía que los hubieran cortado con la misma tijera, salvo por las diametralmente distintas preferencias musicales (el Capitán y su espantoso pop ochentero). Pasadas las diez de este hemisferio los oía conversar, o más bien, oía los teclazos del Capitán, y una risita peculiar que soltaba siempre que platicaba con el Cuervo.
Un día, el Cuervo desapareció. Pensamos que, como sucede a veces, algún amigo se harta de la red y se toma unos meses de aislamiento para aspirar un poco de aire libre de tecnología; ahora veo bien lo importante que pueden llegar a ser esas ausencias, y que con la época en la que vivimos hay que tomarse la libertad de cuestionarlas, porque más vale invadir la privacidad de un amigo que enterarnos después de que tuvo problemas. Como ahora. Jamás nos imaginamos que el Cuervo estaba enfermo de gravedad.
Va a ser muy difícil acostumbrarse a la idea de que ya no está aquí. Curioso que sea de esta manera, que uno haya tenido la impresión de escuchar a alguien sin haberlo escuchado en la vida real, que no haya tocado más de esa persona que una tarjetita manuscrita, y el vacío se sienta de todas formas. Después de que el Cuervo dejara de entrar a messenger, ya no volví a oír aquella risita del Capitán. Y ahora sólo puedo pensar que no volveré a oírla nunca más.
Un colega blogger, el Cuervo López, de Argentina, falleció el fin de semana pasado. Era uno de los mejores amigos del Capitán Quasar; aunque nunca llegaron a verse en la vida real, conversaban casi todas las noches (y si una persona ajena a su relación los hubiera escuchado, lo más probable es que pensara que ambos se odiaban mortalmente por tanta lindura que se ponían a intercambiar... insultos mutuos a sus nacionalidades y cuestionamientos a su respectiva sexualidad, entre otros. Pero es que así es el Capitán Quasar... se mete a messenger a decirle cosas horribles a personas que realmente le importan). Y cuando la cosa estaba en serio, se ponían serios. Así nada más.
El blog del Cuervo (pueden ustedes hallar el link en mi lista, aquí a la derecha) era básicamente de música clásica; él tenía una colección impresionante que sin ningún empacho compartía en la red. Su autor favorito era Mahler, al que una servidora conoció por la recomendación de un amigo, Mordeus, que me dijo que “hacía música como de ciencia ficción”. Los discos de Mahler son carísimos, al menos en México, así que le agradecí infinitamente al Cuervo que los pusiera en su sitio. Sobre todo las varias versiones de la sinfonía número 8.
Pero igual publicaba textos de todas clases, suyos o de sus amigos; cuando supo que era lingüista y que me interesaba Tolkien, me invitó a colaborar con un par de escritillos. Y así de amable era que me consiguió dos libros sobre Tolkien, uno de ellos recomendado por el autor Joseph Pearce, que en México eran imposibles de hallar. Si hay algo que siento más en este preciso momento es que nunca le devolví el favor. Jamás le he echado tantas maldiciones a mi estúpida manía de dejar las cosas para después.
El Capitán y el Cuervo compartían el mismo nombre, la misma incurable mamitis y el gusto por el cine. Casi parecía que los hubieran cortado con la misma tijera, salvo por las diametralmente distintas preferencias musicales (el Capitán y su espantoso pop ochentero). Pasadas las diez de este hemisferio los oía conversar, o más bien, oía los teclazos del Capitán, y una risita peculiar que soltaba siempre que platicaba con el Cuervo.
Un día, el Cuervo desapareció. Pensamos que, como sucede a veces, algún amigo se harta de la red y se toma unos meses de aislamiento para aspirar un poco de aire libre de tecnología; ahora veo bien lo importante que pueden llegar a ser esas ausencias, y que con la época en la que vivimos hay que tomarse la libertad de cuestionarlas, porque más vale invadir la privacidad de un amigo que enterarnos después de que tuvo problemas. Como ahora. Jamás nos imaginamos que el Cuervo estaba enfermo de gravedad.
Va a ser muy difícil acostumbrarse a la idea de que ya no está aquí. Curioso que sea de esta manera, que uno haya tenido la impresión de escuchar a alguien sin haberlo escuchado en la vida real, que no haya tocado más de esa persona que una tarjetita manuscrita, y el vacío se sienta de todas formas. Después de que el Cuervo dejara de entrar a messenger, ya no volví a oír aquella risita del Capitán. Y ahora sólo puedo pensar que no volveré a oírla nunca más.










